La higiene de las emociones

Por: Berna Iskandar (@conocemimundo)

La no violencia no se instala por sí sola o por pura invocación. Hay que trabajarla. Por mucha “buena vibra” que tratemos de imprimir, con puros pensamientos o afirmaciones como “siento paz”, “no debo odiar ni dañar a nadie”, sólo echamos un barniz que deriva en posturas artificiales. Si rascamos un poquito sobre la superficie, veríamos cómo se asoma todo lo vetado por mandatos externos que pretenden adoctrinar el sentir real y profundo, propio de la naturaleza humana. Porque todas las emociones están allí para cumplir una función. No existen emociones buenas o malas, censurables o aceptables. Lo que sí que hay son expresiones distorsionadas producto de la represión y la negación de lo que sentimos.

Durante la crianza, cuando un niño o adolescente expresa rabia o enojo, se le niega rotundamente el derecho de sentirse molesto. Cuando manifiesta tristeza, se le distrae con un dulce o un juguete. Si es varón, le decimos que no es de hombres llorar, en lugar de permitirle saltar de la mente para conectar con sus emociones, vaciarse y restituir el equilibrio.

Todo lo que se reprime, se pervierte en la sombra y sale en algún momento multiplicado y empeorado. Negar o censurar lo que sentimos nunca ha hecho que desaparezca. Sólo lo desplazamos al sótano oculto del inconsciente. De modo que las ganas reprimidas de llorar, patear, gritar, reír…, se acumulan como trastes sucios en el cuerpo. Se convierten en bombas de tiempo prestas a estallar con cualquier detonante. Es así como terminamos siendo adictos a substancias o conductas para aliviar el dolor provocado por heridas emocionales no sanadas, nos volvemos violentos, nos enfermamos… A mayor escala, estalla la delincuencia, el terrorismo, las guerras, producto de la violencia sumada y atrapada en una devastadora y creciente espiral.

Es común ocuparnos diariamente de nuestro aseo personal y el de nuestros hijos. Bañarse, lavarse los dientes, ordenar la habitación, son hábitos que practicamos e inculcamos a los pequeños. Sin embargo no planteamos la higiene emocional en nuestro esquema de prioridades. Responsabilizarnos de nuestras propias reacciones al margen de sus causas (porque él me insultó, porque tú me mentiste, porque ella me gritó…) también es asignatura pendiente para muchos adultos y que resulta oportuno transmitir a los pequeños. Nuestras reacciones -al margen de lo que las provoque- nos pertenecen. El modo en que las encaucemos es nuestra responsabilidad.

Valdría la pena gestionar la higiene emocional como hábito de vida. Procurar el momento adecuado para expresarnos o permitir que nuestros hijos se expresen libremente y sin censura (llorar, gritar, rabiar, verbalizar todo lo que pase por la mente, moverse según el cuerpo pida, golpear, patear, saltar, reír a carcajadas…) siempre, en un espacio seguro y sin riesgos de dañarse o dañar a otros (en la habitación con un cojín…).

Aceptado lo que sea que se manifieste en nuestro ser, liberados adecuada y respetuosamente cuerpo y mente, será más factible construir una salud emocional genuina y sostenible capaz de permitirnos relaciones conscientes y no violentas. Por otra parte, nuestros hijos se beneficiarán con capacidades y herramientas de autoconocimiento y conexión consciente con sus emociones. Además, les ayudaremos a desarrollar confianza en ellos mismos para intimar y comunicarse con honestidad y con respeto en sus relaciones a lo largo de las etapas de su vida, presente y futura.

En el próximo post les contaré sobre técnicas sencillas y naturales de higiene emocional, para todos los miembros de la familia.

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